VENEZUELA: LA ESPERANZA DE UN NUEVO RUMBO. APUNTES PARA UNA ORACIÓN REFLEXIVA DE JAVIER CASTRO ARCOS

Elemental será entonces la formación de pensamiento critico cristiano que potencie la unidad y la estabilidad de la institucionalidad democrática, situando y promoviendo valores de avance y desarrollo social (como la integridad, la confianza y la perseverancia) que contribuyan a una transición hacia un saludable cambio de mentalidad generacional para una nueva Venezuela.

“(…) El único sentido de esta vida consiste en ayudar a establecer el Reino de Dios”. Un inspirado y quizás incomprendido León Tolstói en su clásico de cambio de siglo, “El Reino de Dios está en vosotros” (1894), señaló aquel profundo mensaje que grosso modo resume parte central de la misión bíblica para el individuo y su colectivo: “buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Y es que la obra de Tolstói polemizó en un contexto epocal que puso de plano inquietantes cuestionamientos históricos en base al rol de la Iglesia en la cultura y a la perspectiva que ésta y sus líderes podrían ofrecer a la sociedad en su conjunto, en medio de un tiempo que asomaba no con tan auspiciosos presagios y al que el historiador inglés Eric Hobsbawm llamó el “siglo XX corto” por lo fugaz e impactante que significó la producción de cambios estructurales tanto en el orden político mundial como en los grandes metarelatos de Occidente, y entre estos, la cosmovisión cristiana.
Transcurría el “siglo corto”, y cuando en Europa y “el primer mundo” la tradicional influencia del cristianismo en la cultura política iba en retroceso, la joven América Latina se encontraba en la consolidación del proceso de construcción de los Estado-Nación. El cristianismo protestante era ahí un fenómeno relativamente nuevo, alógeno y casi sin voz de influencia sociopolítica respecto del asentado catolicismo colonial y barroco. Así, el desarrollo de una teología política no encontró eco en la era republicana, producto de las disyuntivas que fueron propias de los proyectos tanto liberales como conservadores.
Con el paso del tiempo estas disyuntivas se re-interpretaron a partir de la mirada dialéctica que ofrecía la Guerra Fría, donde el cristianismo también fue instrumentalizado como arma política para polarizar a la Iglesia como actor social entre los avatares del filo-socialismo y el filo-capitalismo, o para sencillamente dejarla suspendida en la angustia escatológica del más allá. La teología de la liberación otorgaba el andamiaje perfecto para la elaboración de una teología socialista y evangélica que respondiera a la necesidad de “justicia social” del oprimido y condenara sin piedad al opresor. Se alcanzaba al fin a evangelizar a Marx. Por contraparte grandes denominaciones evangélicas encontraban en el modelo capitalista filo-norteamericano y neoliberal su versión sociopolítica más aproximada al paradigma de la “libertad”, dispuesta a cerrar sus puertas al ateísmo comunista, pero dispuesta a abrirse sin menor cautela al dios materialismo, el que redundaba hipócritamente en otro tipo de ateísmo, aquel que nace del amor al dinero.
Los mencionados relatos políticos de mediados del siglo XX se conjugaron en América Latina con la impronta de los caudillismos y clientelismos locales, la incipiente y vacilante institucionalidad política de los países de la región, graficadas bajo el peyorativo “Repúblicas Bananeras”, y la escasa formación de capital humano que concibiera una cosmovisión cristiana real por sobre el nominalismo, dando por resultado nefastas vinculaciones entre cristianismo y política. Prueba de ello son ejemplos como los del general guatemalteco Efraín Ríos Montt, pastor fundamentalista anticomunista que en 1982 llevo a cabo un golpe de Estado llamado “Proyecto David” en el cual fueron asesinados más de diez mil campesinos, por ser proclives al comunismo. Por contraparte el régimen del Sandinismo en Nicaragua era el primero del mundo en declarar a la teología de la liberación como religión oficial (1979). Los abusos, desapariciones y miles de muertes (entre ellos decenas de pastores) no mostraron ningún rostro de misericordia con el “oprimido”.
Venezuela ha sido parte de esta dinámica inherente a la política latinoamericana, que por falta de proyectos políticos con estabilidad institucional ha decantado en una fauna de “Mesías”, en la plenipotenciaridad de ensayo error en populismos casi milenaristas –de derecha o izquierda- que emergen en la búsqueda de la genuina necesidad de responder a las necesidades locales con liderazgos que rescaten una agenda país propia, y en contrarespuesta a los asistencialismos paternalistas e intereses exteriores, lógica que por naturaleza termina dividiendo una sociedad.
Con la llegada del chavismo en 1998 y a medida de su despliegue, Venezuela se polarizó, lo que inevitablemente incluyó también a la Iglesia que directamente terminó plegándose a los polos en disputa. Ya por 2002 gran parte de los líderes evangélicos más reconocidos del país (Raúl Ávila, Dina Santa María, Jesús Pérez, Elías Rincón, entre otros) dieron y difundieron su total apoyo y aprobación a la causa chavista –cuestión de la que algunos se retractarían años más tarde. Con declaraciones que se difundieron masivamente, como la del Pastor Ricardo Reyes, Chávez fungió como un “líder de Dios”: “ (…) Chávez es un hombre de Dios y aún el Presidente de la asociación de pastores de Venezuela fue capaz de señalarlo. Todo venezolano que ha peleado contra Hugo Chávez simplemente ha peleado contra Dios y yo les exhorto a todos los venezolanos que han hecho ese homicidio que les pidan perdón a Dios y a Chávez porque lo que han hecho es participar de un grupo de maleantes, de criminales y asesinos”. A su vez -y tras casi quince años de chavismo- asociaciones de pastores locales, como la del estado de Monagas que agrupó a más de 35 congregaciones, hacían públicas sus declaraciones contra el gobierno en las últimas elecciones de las que participó el ya fallecido Chávez: “No se puede ser cristiano y chavista, el chavismo es el comunismo y el que es comunista no cree en Dios. Si el actual presidente gana las elecciones el 7 de octubre (2012), las libertades en este país serán quitadas, esta es la única oportunidad que tienen los venezolanos para que la democracia siga(…)”.
La actual situación de crisis social que enfrenta Venezuela es tristemente el corolario de más de una década de división nacional, en la que la Iglesia no logró sobreponerse a los clivajes políticos polarizantes ni actuó como un punto intermedio para influenciar y llamar al gobierno a la unidad nacional. Por el contrario, alimentó los intereses de caudillos internos y operadores políticos inter-eclesiásticos.
Tal como lo señala J. Stam, ser realmente cristiano en el terreno político significa luchar a favor de la visión bíblica de justicia, libertad, amor y vida digna para todos. Significa luchar contra el prejuicio, la corrupción y la violencia, en todas sus formas. Por lo tanto, si debemos orar por Venezuela, debiésemos considerar  los siguientes aspectos:
a)     Reino de Dios y su justicia: La iglesia está por sobre los “ismos”, su visión prioritaria y misión profética continua siendo el establecimiento del Reino de los cielos, en la que sus valores políticos nacen desde el correcto entendimiento y aplicación de lo que entendemos por justicia a partir de las Escrituras, en contraste con los desafíos de la realidad reciente. Por esto la defensa a los Derechos Humanos, la libertad de expresión y el resguardo de la paz social deben ser plenamente patrocinados por la Iglesia en una situación de fragilidad como la que actualmente se ha dado. El uso de la justicia implica develar y examinar además soluciones a problemas de fondo y otros urgentes, como lo es hoy en el país caribeño la escasez de alimentos e insumos básicos para la vida familiar, cuestión que ha detonado la ola de protestas y violencias.
b)    Agentes de Paz y reconstrucción cívica: Relevante es que en tiempos críticos la voz de la Iglesia sea una corriente de unión y esperanza, ¡cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Romanos 10:15). Oremos para que la Iglesia cumpla su rol de pacificadora y logre traer unidad al alma venezolana, abriéndose además los canales que necesitan a fin de que el orden del cielo absorba el temor y el pánico social que ocasionan la violencia y la incertidumbre. Como lo planteó D. Bonhoeffer “La paz requiere osadía; (…) la paz significa entregarse por completo al mandamiento de Dios, no querer seguridad, sino poner el destino de las naciones en las manos del Dios Todopoderoso, por fe y en obediencia sin intentar dirigirla para los propios beneficios egoístas. Las batallas no se ganan con armas, sino con Dios. Se vence cuando el camino conduce a la cruz ”.
c)    Compromiso con la verdad: En tiempos en que los medios de comunicación y las redes sociales colaboran raudamente en la creación de panoramas generales de una situación política compleja, el llamado es a no apresurarse con juicios de valor sustentados en meros datos de la realidad “virtual”, pues ella no siempre es fidedigna de los procesos internos de un país. De manera similar, los discursos oficiales presentan un aspecto habitualmente más parcial e instrumentalizado a favor del gobierno de turno. La iglesia ha sido posicionada como columna y baluarte de la Verdad (1º Timoteo 3:15), lo que implica superponerse a las caricaturas y panfletarismo de los imaginarios de una palabra (imperialistas, fascistas, castrismo bolivariano, etc.). Ejemplar sería implantar conexiones de diplomacia ciudadana que promuevan el contacto directo de soporte de oración vía redes sociales con asociaciones y ONG`S que sintonicen con los valores de una reconstrucción cristiana.
d)    Cultura e institucionalidad cristiana: La responsabilidad del Reino como cosmovisión comprende potenciar liderazgos que encarnen y manifiesten su cultura en todo el quehacer social, y en el que destaca la política. Pues como señaló G. Machen “El Reino debe ser promovido no solo en extensión, sino también en intensidad. La Iglesia debe procurar no sólo ganar a todo hombre para Cristo, sino en ganar al hombre entero”. Elemental será entonces la formación de pensamiento critico cristiano que potencie la unidad y la estabilidad de la institucionalidad democrática, situando y promoviendo valores de avance y desarrollo social (como la integridad, la confianza y la perseverancia) que contribuyan a una transición hacia un  saludable cambio de mentalidad generacional para una nueva Venezuela.
Javier Castro es Magíster en Estudios Internacionales por la Universidad de Santiago de Chile y Doctorando en historia de la Universidad de los Andes del mismo país. Dirige el Centro de Estudio Oikonomos.
Más contenidos de interés en: http://estudiosevangelicos.org/
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