¿Tras el poder de los hombres o el poder de Dios?: la frágil política pentecostal – Por Luis Aránguiz

Luis Aránguiz Kahn*

Al interior del mundo evangélico chileno se ha dado inicio a una discusión respecto al rol de los evangélicos en la política. Algunas propuestas de proyecto de ley relacionadas con el matrimonio homosexual y el aborto, entre otras, han llevado a algunos sectores evangélicos a la búsqueda de una organización política institucional que se ha materializado ya en tres partidos en formación en distintas zonas del país. Sin embargo, este fenómeno es apenas una muestra de una evolución interna de mayor data y que está anclada en discusiones que van bastante más allá de si acaso conviene o no formar un partido para combatir una agenda política específica.

La historia política de los evangélicos en Chile ha estado atravesada por distintos fantasmas. En un primer momento, el del poder católico romano, luego el del marxismo en la forma del gobierno allendista y hoy, el fantasma de una “dictadura homosexual”, como habría dicho algún caudillo. Sin embargo, bajo el ropaje de estas distintas coyunturas se oculta la desnudez de otros debates de distinto carácter: la relación de la Iglesia con el Estado, y la relación de la Iglesia –entendida como el conjunto de creyentes- con la sociedad, entre otros. De modo que la formación de estos partidos y de una creciente “politización” del lenguaje cristiano evangélico consternado ante las nuevas leyes que “no agradan a Dios” esconde también algunas nociones que es necesario tensionar.

 ¿Quién entró dónde?

Los partidos evangélicos, con el apoyo de grandes líderes pentecostales (que representan a la mayoría evangélica) lo que buscan es evitar la aplicación de una serie de iniciativas legislativas. ¿Pero qué entraña esto? La idea de entrar al juego político partidista implica que asumen la política institucional como un medio efectivo para realizar cambios en la sociedad. En otras palabras: piensan que las instituciones políticas pueden producir cambios sociales. Entienden la participación política como participación partidista e institucional. Así las cosas, podríamos decir que ellos piensan que la iglesia tiene que entrar en política para cambiar la realidad del país.

Por otra parte, podemos encontrar una posición distinta. La de los que piensan que la política ha entrado en la iglesia. En este caso el signo es negativo. Hay quienes se resisten a la idea de que los cristianos debiesen participar activamente en el escenario de los partidos y la disputa por el poder político.  Estos son los que aún insisten en autodenominarse “apolíticos”. Puesto así, quienes sostienen este tipo de posición piensan que la tarea de los cristianos no es interferir en las decisiones legislativas, sino predicar el evangelio.

Esta tensión no es nueva. Pero tanto quienes se preguntan qué paso, si  acaso entró la iglesia a la política, o si entró la política a la iglesia, tienen un punto ciego. Y es que consideran lo político principalmente como la disputa partidista por el poder. No solo no entienden lo político como un asunto de mucha más envergadura –como realmente es-, sino que evalúan su participación o no participación según una definición reductiva de ello. Los grupos reaccionarios que se levantan pensando en instaurar partidos para combatir una agenda específica ¿tendrán un proyecto histórico concreto para el país que vaya más allá de reforzar el status quo económico, social, político? ¿O simplemente se limitarán a ser grupos instrumentales o clientelares a los marcos ideológicos de mayor alcance ofrecidos por las derechas, como ha sido hasta hoy? Aún no tendremos respuesta para estas cuestiones.

Los dos enfoques que hemos visto responden a una lógica que se arrastra desde los conflictos del siglo pasado. Usando el lenguaje convencional, podríamos decir que antes tratábamos de definir si éramos marxistas, nacionalistas o liberales. Hoy, tras la caída del Muro de Berlin, tratamos de definir si somos progresistas, conservadores o neoliberales. Lo interesante de esto es que introyectamos las mismas discusiones de la escena política contingente a las discusiones propias. Un cristianismo revolucionario marxista es tan cuestionable como un cristianismo ultraconservador de derecha. Intentamos definirnos a partir de los debates que nos son impuestos, en lugar de buscar un camino que nos permita desarrollar nuestras propias discusiones. En un intento por contestar a estas preguntas, hay quienes optaron por decir “somos apolíticos”, marginándose de toda discusión seria y necesaria; otros resolvieron optar por una posición, a riesgo de reducir su cristianismo a los esquemas de la postura que tomaron y, en algunos casos, incluso a riesgo de  igualar el cristianismo con su opción política sin importar si eran de izquierda o derecha.

Si lo miramos desde este prisma, evidentemente ya sea que la iglesia entró en política o que ésta haya entrado a la iglesia, son profecías autocumplidas. Pero si tomamos la política ya no como la participación institucional y partidista, sino como un ejercicio de mayor envergadura, a saber, la búsqueda de convivencia entre los distintos grupos y personas que componen la sociedad, entonces esta tensión se desmorona y aparece la exigencia de pensar nuestro contexto en otras claves. A esta luz, ni la iglesia entró en política, ni la política entró en la iglesia. Más bien, la iglesia es en sí misma atravesada por lo político en tanto que compone el conjunto social. Ella misma es indirectamente un agente político.

Lo que los grupos que aspiran al poder buscan es cambiar las cosas participando en la esfera pública. Pero el cambio que buscan es, a la vez, reducido, específico. En el fondo, no se han afrontado autocríticamente las tensiones propias del escenario. Un asunto aún incontestado es si acaso lo que presenciamos podría ser una forma reciclada de constantinismo, ese legado teológico político de la Iglesia Romana del cual los protestantes tampoco se libraron del todo, que sus vástagos heredaron, y al que el menonita John Howard Yoder cuestionó con tanta lucidez. Después de todo, ¿llegar al poder para plantear legislaciones “cristianas” no podría ser el resultado de un horizonte en el que se avizora idealmente un Estado Cristiano -término que puede oírse en facciones más extremas de este planteo?

¿Cuál poder queremos?

De modo que quisiera tomar otro rumbo y ya no quedarme en la pregunta: ¿cambiar a la sociedad, al país mediante el poder político?, sino hacer otra que involucra no solo un cariz netamente pentecostal, sino sobre todo un cariz que podríamos llamar cristiano primitivista: ¿qué poder es el que se necesita para cambiar una sociedad? Más allá, ¿por qué buscar el poder de los hombres si se tiene el poder de Dios? ¿Qué enfermedad podría revelar el síntoma de la búsqueda del poder político por parte de aquellos que en otro tiempo confiaban en el poder de Dios para cambiar a las personas, y así cambiar la sociedad?

En una predicación, el Obispo Carlos San Martin, uno de los tantos viejos líderes pentecostales chilenos, sin tener formación en filosofía política ni en teología, evidenció uno de los rasgos medulares de lo que era la teología pentecostal implícita en relación con lo político: “no es vuestro el deber de constituir reinos humanos; hay algunos que han vivido y se han desvivido pensando que alguna vez nosotros podríamos tener un gobierno netamente cristiano en nuestro país; si llegáramos a pensar que con eso vamos a convertir a una nación o a un pueblo… no son los gobiernos cristianos los que convierten a los súbditos, el que convierte el corazón de los súbditos es el poder de Dios, es la potencia de Dios”. ¿En qué se inspiró San Martin, sino en una idea de la Iglesia Primitiva según la cual la fe en Jesús ofrece un esquema distinto de relaciones humanas basado en el hecho de que Dios puede cambiar el corazón? Idea que los pentecostales reformularon y aplicaron para predicar a toda la sociedad obteniendo como resultado, de hecho, la conversión de muchos en los avivamientos y la instauración de un modo distinto de construir comunidad. ¿Cuánto de eso nos queda hoy, cómo ha cambiado? Es algo que quizá Miguel Ángel Mansilla podría contestar con mayor claridad.

Una destacada filosofa política como Hannah Arendt alguna vez notó el modo de operación de la primera iglesia. Ellos no buscaban incidir en el ámbito público, lo que buscaban era construir un tipo distinto de relaciones humanas basadas en las enseñanzas de Jesús. Con el advenimiento de la Iglesia de Estado las cosas cambiarían en un orden conceptual. Pero el cristianismo primitivo y luego el pentecostalismo con su relectura, pensaron que la tarea de la iglesia mediante la predicación establecería una forma distinta de relacionarnos. Si esa forma distinta, basada en el amor hermanable, se expandía, mediante la misión respaldada por el poder del Espíritu, podría realizarse una mejor comunidad. A la postre tendría repercusiones públicas, incluso sin ellos preverlo, como de hecho fue.

El problema no es que los pentecostales participen en la esfera pública, sino qué es lo que buscan con ello. No es lo mismo salir a protestar por una ley que ser quien redacte una. Una de las razones que motivó al teólogo pentecostal Amos Yong a producir un robusto libro titulado In the days of Caesar: Pentecostalism and Polítical theology, fue precisamente la constatación de que aunque en varias latitudes del mundo los pentecostales han aspirado al poder y en ocasiones han logrado acceder a él, el resultado general ha sido poco sustancioso. Han atacado legislaciones similares a las que se quiere atacar acá, pero la ausencia de un pensamiento teológico y político adecuadamente elaborado ha derivado en una incapacidad para pensar la incidencia política más allá de planos como la moral en relación a la sexualidad. De modo que una pregunta, que es más bien una herida, queda abierta: ¿puede haber teología política pentecostal? Si realmente es posible, el único punto de partida que puede hacerla distintiva entre otras teologías políticas cristianas es la fe radical en el poder transformador del Espíritu sobre las personas y, así, hacia la sociedad. De aquí que el “apoliticismo” debiese seguir proyectándose como una negación de la política partidista, pero ahora debe adquirir el carácter positivo de plantearse a sí mismo como una forma política anclada en una noción más amplia de lo político, basada en la búsqueda de un mejor vivir entre unos y otros.

La tarea de la iglesia no debiese consistir en estar ella tras la elaboración de normas jurídicas para ejercer poder. Su tarea es mucho mayor, difícil y silenciosa: operar en el cara a cara, predicar su ética de la alteridad en la construcción de relaciones humanas que supere las imposturas culturales actuales, modeladas por elementos nocivos como el individualismo, la competencia y el consumismo. Y esto no es nuevo. Esto estaba en el corazón de los primeros pentecostales. Si hoy es diferente, no es por falta de sustrato teológico, sino por falta de estudio, de apropiación del legado y de conocimiento. ¿Seremos, como se le dijo a Israel, desechados del sacerdocio? ¿Tendrá que levantarse otro movimiento espiritual con la suficiente fuerza para predicar esa bondad silenciosa otra vez?  ¿No será que invertimos el orden, que antes del cambio de corazón pusimos el cambio político? Quizá convenga replantearnos si acaso aún custodiamos ese frágil legado de creer firmemente que la predicación del evangelio es suficiente para cambiar a las personas y así por consecuencia a la sociedad, ¿o acaso requerimos del poder político y los votos para hacer con persuasión lo que Dios con su potencia puede hacer, mediante la comunidad de creyentes llenos del Espíritu Santo, con amor?

*Editor responsable de Pensamiento Pentecostal. Licenciado en Letras Hispánicas, P. Universidad Católica de Chile.

Fuente: pensamientopentecostal.wordpress.com

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