Rostros en el Basural

Obama y Romney lograron gastar US$ 1.605,2 millones en la reciente campaña presidencial. Récord Guinness. Da para 20 hospitales.

En Chile no lo hacemos mal. Si uno quiere ser elegido concejal en una comuna importante, deberá gastar unos 60 millones de pesos para estar seguro. De ellos, con suerte, recuperará 10 millones por devolución de gasto electoral. Así las cosas, se requiere un enorme patriotismo para invertir ese dinero. Como no todos los patriotas son adinerados, muchos estarán obligados a pedir ayuda a algún donante.

¿Por qué las personas y empresas regalan cuantiosas sumas de dinero para las campañas? A veces por compromiso ideológico; pero lo raro es que muchos donantes entregan dinero a todos los candidatos que tienen alguna posibilidad de ganar. ¿Significa eso que consideran que todos los competidores son igualmente aptos? ¿O piensan que conviene tener un amigo en la alcaldía o el Congreso, o por lo menos que no resulta prudente granjearse un enemigo que puede llegar a ser poderoso?

Resulta muy fácil acusar a los empresarios de ser los malos en esta película. En realidad, con frecuencia son víctimas de una extorsión: ¿quién puede negarse a dar dinero a quien tiene altas posibilidades de ser Presidente de la República, o a un parlamentario que legislará sobre materias decisivas para la empresa en cuestión, o al alcalde que da los permisos de edificación?

También los políticos tienen algo de víctimas: sería suicida dejar que sólo el adversario cuente con recursos para hacer oír su voz.

Pero las mayores víctimas no son los empresarios ni los políticos, sino los ciudadanos -obligados a sufrir una propaganda cara y estúpida-, y los partidos pequeños. Su falta de medios hace casi imposible que su mensaje llegue al electorado.

¿Dónde están hoy esas palomas que constituyeron plaga en la última elección? Anidan en los basurales. ¿Qué se hicieron las caras que aparecían en carteles y letreros? Están en el mismo basural, mezclados con restos de pollo, y envases de yogurt. Los rostros de ellas y ellos ya no lucen impecables, ni sonríen: una servilleta sucia les tapa el ojo izquierdo, y una mancha de salsa adorna su nariz.

Nuestra democracia, como la de muchos países, se encamina hacia una plutocracia. Para gobernar, legislar o administrar un municipio, hay que tener dinero. O acercarse a ciertas empresas de lobby , que lo consiguen con gran facilidad.

¿Qué hacer? Algunos quieren aumentar el financiamiento público de las campañas. Pero, ¿estamos dispuestos a que nuestros impuestos se dediquen a pagar más carteles y palomas?

Prefiero que los míos se empleen en escuelas, carabineros o en el Teatro Municipal.

Si queremos que gobierne el pueblo y no el dinero, parece imprescindible poner límites al gasto electoral, pero límites de verdad, que permitan llevar a un tramposo a la cárcel. La publicidad política no puede tratarse igual que la propaganda de pañales. Ella tiene que ver con la manera en que se forma la voluntad popular, y debemos asegurar criterios razonablemente parejos para todos. Un liberal como Popper proponía imponer un tamaño y aspecto uniforme a los panfletos electorales, eliminándose todo cartel:

“Esto no tiene por qué hacer peligrar la libertad, así como no la perjudican, sino más bien la benefician, las limitaciones razonables impuestas a los litigantes ante un tribunal de justicia. Los actuales métodos de propaganda constituyen un insulto al público y también a los candidatos”.

Pero también hay que avanzar en transparencia. ¿Cuánto recibió, Sr. Candidato? ¿Quién le dio ese dinero? Y usted, futuro Presidente, ¿nos puede señalar sus conflictos de intereses? Díganos, Sr. Diputado, ¿es usted completamente libre para legislar?

Ni los empresarios quieren botar su plata ni los políticos decentes tienen el más mínimo interés en seguir gastando fortunas en nada, o mendigar dineros que les harán perder la libertad. Tenemos que ayudar a los actores de nuestro juego político a salir de la jaula en que están encerrados por una lógica perversa. Si logramos establecer ciertas reglas de juego razonables, todos respirarán aliviados y, de paso, disminuirá el tráfico de influencias y la corrupción.

Como cantaba Leonardo Favio:

“Si un barquito de papel está por naufragar, socórrelo”.

Toda democracia es frágil. No la ahoguemos.

Esta columna fue publicada por su autor en la sección de Blogs de El Mercurio el día Domingo 11 de Noviembre de 2012. La compartimos aquí en relación con nuestro programa: “Elecciones Municipales 2012“.

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