LATINOAMÉRICA Y LA NOSTALGIA POR LA REFORMA


Los evangélicos latinoamericanos son creyentes nostálgicos. Han crecido, desde sus inicios, bajo la sombra de la Iglesia Católica Romana. En su tiempo, hay quienes fueron perseguidos por ser protestantes. Aún con el posterior reconocimiento jurídico estatal de su existencia, quedaron como una religión menor. Siempre a la sombra. No es de extrañar que los movimientos de vertiente evangélica surgidos en el seno de esta latitud heredaran una sensibilidad similar a la de los protestantes criollos, potenciada por el hecho de provenir de los estratos socioeconómicos más bajos de su época y experimentar la estigmatización social como una “religión de pobres”. Junto con ello, el hasta hace poco sostenido crecimiento numérico por sobre las iglesias protestantes tradicionales, convirtió a pentecostales y neopentecostales en una competencia insoslayable para la Iglesia Católica.

Mientras los protestantes tradicionales celebran los 500 años de una Reforma europea del siglo XVI, al interior del amplio espectro de iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales empieza a haber una discusión –aún incipiente- sobre la necesidad de una reforma para Latinoamérica. Los problemas que resolvió la Reforma protestante fueron teológicos, y en consecuencia también políticos, económicos y sociales. Eran tiempos en que la teología gozaba de una preeminencia que hoy apenas puede pudorosamente soñarse. Hoy, no obstante, un cambio monumental como aquel pertenece, al menos en nuestras latitudes, a un cofre de recuerdos memorables. Las iglesias provenientes de la Reforma no se encuentran en una posición histórica que les permita llevar a cabo un proyecto como el que llevaron a cabo sus fundadores. De modo que la Reforma, para el caso de estas iglesias, es una formidable experiencia histórica que corresponde, a veces con cierta nostalgia, mantener viva en la transmisión teológica a los miembros de sus comunidades.

Paralelo a este discurso, corren otras fuerzas regionales que buscan, cada día con mayor entusiasmo, dejar de estar en el palco y entrar al escenario de la historia pública. Los creyentes pentecostales y neopentecostales cada día adquieren más consciencia de su cantidad numérica, de la fuerza que pueden representar en la sociedad y, por ello, del papel que pueden tomar en el teatro del mundo. Muchos de ellos toman a figuras de la Reforma como referentes políticos: Lutero como el que confrontó al poder político de la Iglesia Católica. Calvino como el fundador de un Estado protestante. Los puritanos como movimiento político radical. Algunos incluso retoman y se apropian de la famosa tesis de Max Weber que vincula el espíritu capitalista con la ética protestante del ascetismo intramundano. Este es un planteo de reforma que se mueve en la dinámica de la “lucha contra el mundo”, cuya traducción política es evidentemente la constatación del “enemigo”, que ya no es tanto la Iglesia Católica sino, sobre todo, la política secular. No será difícil encontrar este discurso en las variopintas incursiones políticas evangélicas de redención.

Otro discurso de reforma que se encuentra en las fuerzas regionales, es aquel que sostiene que a las propias iglesias evangélicas les hace falta una reforma interna. Esta reforma interna debe ser, presumiblemente, orientada por las indicaciones que pueden extraerse de la propia reforma del siglo XVI. Aquí predomina en especial un énfasis en la soteriología, la idea de extirpar un cierto arminianismo que ha signado la teología de las iglesias pentecostales y neopentecostales. Este carácter combativo hacia el arminianismo en particular, da cuenta de un énfasis marcadamente calvinista de esta incursión. Pero este énfasis puede ser profundamente problemático, por un lado en tanto que termina por reducir la “reforma de las iglesias en Latinoamérica”, a un mero cambio en su soteriología, y no a la propuesta de un cambio sustancial en otras áreas de sus construcciones teológicas; y por otro, reduciendo las implicancias de la amplia Reforma apenas a una de sus formas.

Ambos proyectos de reforma surgidos en nuestras iglesias, el político y el teológico, responden a la necesidad de retomar la Reforma protestante en un sentido específico e intentar aplicarlo a distintas esferas de la vida. Hacer de ella no solo un recuerdo que celebrar contemplativamente, sino una hoja de ruta que permita direccionar acciones concretas en la realidad social y eclesiástica. Pero la recuperación de una suerte de telos de la Reforma, ¿no entraña también una lógica de nostalgias? Porque, ¿qué otra cosa puede ser “volver a la Reforma” en las iglesias evangélicas, o retomar la Reforma en un sentido político? En ambos casos se tiene una visión romántica, idealizada de la Reforma; en ambos se aspira a retomar y replicar en el presente un pasado que parece ser mejor. Así, en ambos casos se comete el doble error de reducir riesgosamente la Reforma a un área particular de la vida en su aplicabilidad y de hacer una lectura sesgada e insuficiente de las condiciones concretas del contexto presente eclesial y político que evidencie sus particularidades y diferencias propias con otros contextos sociopolíticos e históricos.

Las “políticas de redención” inspiradas en cierta imagen ideal de la Reforma, como la “reforma a las iglesias evangélicas”, son dos formas distintas de una misma nostalgia, en ocasiones inconfesada, cuyo origen es la carencia de una autoconsciencia teológica mediante la cual creyentes e iglesias puedan verse a sí mismas como parte de un gran escenario histórico. De otro modo, no habría mucha diferencia entre ellos y el sacerdote católico romano que añora el medievo como modelo perfecto de sociedad. Pero, un paso más allá: ¿corresponde a los evangélicos en Latinoamérica apropiarse de esa nostalgia? ¿O más bien, lo que corresponde es aprender de la Reforma europea, sus fracasos y triunfos, en las distintas dimensiones de la vida, y ayudados de ella como necesario punto de referencia histórico, dar el paso de enfrentarnos a nuestra propia realidad? No es necesario añorar volver o retomar elementos del pasado, sino retomar una esperanza escatológica: que así como la providencia obró antes en un contexto como el de la cristiandad europea occidental medieval, mediante las personas y conceptos propios de ese tiempo; del mismo modo obre en aquella fracción de la iglesia universal que se encuentra en el contexto actual en Latinoamérica.

Fuente: estudiosevangelicos.org

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