La soberanía de las esferas en Abraham Kuyper

El texto que reproducimos a continuación es el discurso público pronunciado por Abraham Kuyper en la inauguración de la Universidad Libre de Ámsterdam, el 20 de octubre de 1880.

Abraham Kuyper, quien llegó a ser primer ministro de Holanda entre 1901 y 1905, fue uno de los principales teólogos reformados de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, pero fue además un activo pensador, publicista, fundador de un periódico, de un partido político y de todo un movimiento cultural que ve en la Reforma no sólo un sistema teológico sino que una manera de ver el mundo.
 

INTRODUCCIÓN:

Ustedes están a la expectativa de que les relate qué pretende lograr la escuela que hoy inauguramos en la vida de Holanda, por qué esgrime la tapa de la libertad en la punta de su lanza, y por qué penetra con tanto ahínco en el libro de la religión reformada. Permítanme entrelazar las respuestas a estas tres interrogantes con el concepto de “soberanía de las esferas”, para lo cual situamos la soberanía de las esferas como el sello de nuestra institución en su significación nacional, en sus propósitos académicos, y en su carácter reformado.

¿Qué es la Soberanía? ¿Estarían de acuerdo conmigo si la defino como la autoridad que posee el derecho, el deber y el poder de quebrantar y vengar todo cuanto se resiste a su voluntad? ¿No les dice también su imperturbable conciencia nacional que la soberanía original y absoluta no puede residir en ninguna criatura sino que debe identificarse con la majestad de Dios? Si uno cree en él como el Diseñador y Creador, como el Fundador y Director de todas las cosas, nuestra alma también debe proclamar al Dios Trino como el único y absoluto Soberano. Esto es así siempre y cuando al mismo tiempo reconozcamos que el Soberano supremo ha delegado, y aún delega, su autoridad a los seres humanos, de manera que en la tierra uno nunca encuentra a Dios mismo directamente en las cosas visibles, sino que siempre vemos su autoridad soberana ejercida en el oficio humano.

De lo anterior surge una pregunta muy importante: ¿de qué manera se efectúa esta delegación? ¿Se delega sin reservas a una sola persona esta omnímoda soberanía? ¿O posee algún soberano terrenal el poder para forzar una obediencia solo a una esfera limitada, una esfera demarcada por otras esferas dentro de las cuales otro tiene soberanía y no él? La respuesta a esta interrogante variará dependiendo de si uno se sitúa dentro o fuera de la órbita de la Revelación. Aquellos en cuyas mentes no hay cabida para la revelación siempre han respondido: “dentro de lo factible, soberanía irrestricta, y que además penetre todas las esferas”. “Dentro de lo factible”, porque la soberanía de Dios sobre las cosas superiores está fuera del alcance humano; sobre la naturaleza, escapa las capacidades humanas; sobre el destino, escapa al control humano. Pero en cuanto a lo demás, sí: que no haya soberanía de las esferas, que el Estado tenga dominio ilimitado, que disponga sobre la vida, los derechos, la conciencia, incluso la fe de las personas. Otrora, cuando había muchos dioses, el Estado único e ilimitado ―por medio de la vis unita fortior (la fuerza unida resulta en mayor fortaleza)― parecía más imponente, más majestuoso que el poder dividido de los dioses.

Al final el Estado, encarnado en César, devino él mismo en Dios, el “dios-Estado” que no podía tolerar a otros estados además de él. Así es como entró la pasión por el dominio del mundo. ¡Divus Augustus!, y el cesarismo como su culto. Esta noción profundamente pecaminosa fue elaborada por primera vez dieciocho siglos más tarde para las mentes pensantes en el sistema hegeliano del Estado como “el Dios inmanente”.

DESCARGA EL TEXTO COMPLETO DESDE ESTE ENLACE.

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