Donald Trump y Evangélicos

Donald Trump es, sin duda alguna, uno de los personajes políticos y mediáticos más controvertido de los últimos años. La polarización ciudadana que vivió Estados Unidos en las recientes elecciones presidenciales de 2016 incluyó a millones de cristianos que vislumbraron, en Trump, el camino para “hacer a América nuevamente grande”. En The Brody Files, un informativo de la televisión evangélica norteamericana, Trump juramentó, en vista de ser elegido mandatario: “a los evangélicos les devolveré el poder”. Las estadísticas mostraron que los evangélicos  votaron en un 81% por Donald Trump, frente al 16% que se inclinó por Clinton. Como contraparte, los protestantes no evangélicos (Luteranos y anglicanos, en su mayoría) prefirieron a Hillary Clinton en un 59% de los casos, mientras que el 35% optó por Trump.

El criterio del evangélico promedio, al parecer, fue votar por el “menos malo” y por quien lograra sintonizar algunas de las demandas valóricas más destacadas en la teología clásica de la moral cristiana en torno a la familia (aborto, matrimonio homosexual y las propuestas de la agenda LGTB). Carol Swayze, una cristiana evangélica de los suburbios de Atlanta, señaló:

Nadie piensa que Trump es un santo, no estamos votando para elegir un pastor [...]. Estamos votando por un Presidente que es, en muchos sentidos, un gerente [...]. Creo que, para muchos de nosotros, el tema de la santidad de vida era primordial… Sentimos que Trump fue muy honesto en su condición y fue evolucionando en la comprensión de ese tema.

Los argumentos para la votación variaron y, entre ellos, emergen reflexiones que nos invitan a considerar las aproximaciones entre Iglesia y política.

A pesar del demostrativo apoyo electoral evangélico a Trump, la opinión de líderes y ministros norteamericanos se aglomeró en dos corrientes de opinión: favorable o contraria a la persona y al programa del actual presidente. en aspectos que parecieron alarmantes como, por ejemplo, las estrictas y polémicas propuestas migratorias hacia el segmento de población hispanoamericana y a los practicantes de la religión musulmana. Recientemente, cientos de pastores –  entre los que se encontraban personajes como Timothy Keller, Bill Hybels y Max Lucado – firmaron en el Washington Post, una declaración contra la prohibición al ingreso de refugiados, incluyendo los que provenientes desde Siria:

Como pastores y líderes cristianos, estamos profundamente preocupados por el reciente anuncio sobre el reasentamiento y reducción del ingreso de refugiados”, declaró la carta del grupo. Luego señalaron: “Tenemos un llamado histórico expresado durante 2.000 años, de servir al que esta sufriendo. No podemos abandonar ese llamado ahora. (…) La compasión y la seguridad pueden coexistir, como lo han hecho durante décadas. Para los perseguidos y los que sufren, cada día importa; Cada retraso es un golpe aplastante para la esperanza.

En sentido opuesto – y respecto a la polémica medida hacia los refugiados –, un estudio del Pew Research Institute, muestra que tres de cada cuatro evangélicos blancos está de acuerdo con la prohibición migratoria, resultando que un 51% de los evangélicos norteamericanos aprueba dicha reglamentación. El apoyo evangélico a Trump se enmarca en múltiples factores: como señalábamos con anterioridad, la gran base evangélica norteamericana considera importante la familia, como un cimiento elemental para erigir una sociedad, la cual glorifique a Dios desde el orden en el hogar y hasta el bienestar general de la sociedad. El marcado progresismo liberal de Hillary Clinton en materias de aborto libre y promoción de la ideología de género, representaron una identidad política y cultural enemiga del ADN bíblico y cultural acerca de la familia. En el caso de Trump, los cuestionamientos parecían ser más hacia su actitud, su odioso modo de comunicar y propagar sus ideales y el extenso historial de malos tratos a mujeres, inmigrantes, periodistas y rivales políticos. Sin embargo, el programa de Trump parece distinto a su propia personalidad, puesto que propone la recuperación de un Estados Unidos con principios cristianos evangélicos.

A lo anterior, se sumó el respaldo de importantes predicadores y comunicadores de destacada trayectoria, como Franklin Graham, el Dr. James Dobson, el fallecido C. Peter Wagner, Bill Johnson líder de la congregación Bethel Church, quien, entre otros elementos, basó su apoyó a Trump en temáticas referidas a la legalización del aborto libre. Johnson señaló:

Creo que el aborto esta mal, es un asesinato, cuestión que Clinton aprueba hasta el momento de dar a luz. Cambiar el nombre de bebé a feto no cambia la realidad. Es un bebé. Una mujer tiene derecho a decidir qué le sucede a ella, pero todos nuestros derechos se detienen cuando violan los derechos de otro, en este caso el del no nacido.

En los círculos pentecostales, la profecía lanzada por el salmista Kim Clement el 4 de abril de 2007, testificaba que, el entonces empresario, Donald Trump sería Presidente de la nación en un futuro próximo, cumpliendo un rol de “trompeta de Dios” (entendiéndose el anglicismo: Trumpet). El pastor Lance Wallnau llegó a escribir un libro en el que postula que Trump es el rey Ciro de este tiempo y que hará que Estados Unidos salga de la esclavitud babilónica moderna. Otros lo han catalogado de Nabucodonosor, David o Moisés, no obstante, lo cierto es que se han gestado opiniones triunfalistas, pronosticando una gestión exitosa de la administración Trump.

Pero, ¿es realmente Donald Trump un Ciro contemporáneo o un nuevo mesías de la religión pública estadounidense? El Dr. Gregory Boyd se atrevió a escribir un texto llamado El mito de una Nación cristiana, planteando que, desde su fundación, Estados Unidos fue formado por deístas y no cristianos genuinos (Benjamin Franklin o el propio George Washington), los que utilizaron el cristianismo para construir una identidad sociocultural y política en la naciente República Federal, es decir, se erigió una religión pública donde quedó el “andamiaje” de principios éticos evangélicos, los que contribuyeron a la eficiencia civil (un caso de la ética protestante de Weber). Sin embargo, la aplicación completa de los valores del Reino de los cielos – por ejemplo,el espíritu del sermón del monte –, quedaron muy lejanos a la conformación de una nación que adquirió vocación soberana, al considerarse el “Israel contemporáneo”, un país exclusivo y con un “destino manifiesto”, para llenar la tierra del evangelio de la religión pública norteamericana, ícono de la modernidad liberal, pero no necesariamente del Reino de Dios. Boyd profundiza:

Creo que hay un sector significativo de los evangélicos estadounidenses que han caído en una idolatría nacionalista y política […]. Hemos permitido que nuestra comprensión del reino de Dios se ve corrompida por ideas, proyectos políticos, y cuestiones afines. Nuestros supuestos culturales más fundamentales y más apreciados son diametralmente opuestos al Reino vivo enseñado por Jesús y sus discípulos. En lugar de vivir el mandato radicalmente contracultural del reino de Dios, este mito nos ha inclinado a cristianizar muchos aspectos paganos de nuestra cultura. Una nación bajo Dios no significa volver a no tener matrimonios gay, aborto, ni recuperar los 10 mandamientos en los colegios y enseñar creacionismo. NO. Antes de esto algo se hizo mal. Si EEUU no derriba sus altares a la sangre, sus idolatría, no podrá volverse a su diseño en Dios. Dejemos las versiones del Reino de Homero, de Esparta, de la Espada, volvamos a la Cruz….

El rol civil de la religión pública busca mantener un status quo político y cultural donde, diplomáticamente, predomine un altar sobre otro. Es un tipo de elegante mestizaje, en el cual no se terminan por derribar los lugares altos, que sostienen toda una estructura espiritual.

Creemos que, sin duda alguna, Dios puede levantar a hombres y mujeres que, como gobernantes, puedan ser instrumentos de Dios a causa de las condiciones y trayectoria histórica de las naciones y, por ende, aportar en hacer de nuestras comunidades espacios saludables donde el rostro de Cristo sea manifestado en todo ámbito de la cultura. Sin embargo, el riesgo de cruzar la frontera entre orar y bendecir a un Ciro y estar adorando a un falso mesías es muy ligero, mayormente por la coexistencia de la “religión pública estadounidense” en medio de su historia como Iglesia y, simultáneamente, por liderazgos caudillistas que pretenden adquirir y priorizar el poder del “Leviatán” o de la figura del Estado. Esto, simplemente por ambición personal o intereses cortoplacistas, perdiendo de vista un asunto elemental: buscar primero el Reino de Dios y su justicia, en donde la Iglesia es la primera en administrar un testimonio justo, imprimiendo una conciencia histórica sobre la cultura de su generación, donde ni siquiera se es necesario disponer del “poder” que pueda entregar un político, puesto que depende del poder del Espíritu Santo en su llamado apostólico de ir y hacer discípulos a todas las naciones de la tierra, sin excepciones.

fuente: http://oikonomos.cl/04/2017/donald-trump-y-los-evangelicos/

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